En En el camino, el director mexicano David Pablos se adentra en un territorio áspero y profundamente humano: el de las masculinidades construidas en la dureza del asfalto, donde la intimidad parece imposible y, sin embargo, se abre paso entre las grietas. A través de una historia que transita entre la violencia, el deseo y la vulnerabilidad, Pablos construye un relato que no busca respuestas fáciles, sino confrontar al espectador con las contradicciones que habitan en lo masculino. En esta conversación, el cineasta desmenuza el origen de la película, su aproximación al mundo trailero y la necesidad de cuestionar los códigos que históricamente han definido lo que significa “ser hombre”.
Foto: iEve González | Grooming: Evelyn García | Producción: Roger SH
Daniel Ureña – Ya tuve oportunidad de ver tu película En el camino y me gusta que llevas la búsqueda de estas identidades masculinas a un entorno hostil. Me interesa mucho entender cómo llegaste a ese universo y qué fue lo que detonó en ti la necesidad de querer contar la historia desde esa perspectiva.
David Pablos – Yo llegué al mundo trailero gracias a un fotógrafo, Luis García, que él, en ese momento, estaba fotografiando traileros y me llevó a un taller mecánico de tráilers y, en cuanto vi este espacio, algo se movió internamente en mí. No solo porque me parecía fascinante el contexto trailero, sino también porque mientras más lo investigaba, más me enamoraba, más me hacía soñar y más imaginaba, digamos, una ficción ocurriendo en este contexto. De ahí, no tardé en entender cuál iba a ser el corazón de la película: una relación entre dos hombres en este contexto hipermasculino y, como tú dices, hostil, pero donde se refleje una relación entre dos personajes bastante rotos, uno de ellos Veneno, que es un joven que se acuesta con los traileros en las cachimbas. Este contexto, esta idea y esta premisa me enamoraron y conectaron conmigo desde un lugar muy profundo. He pensado que todas las películas que he hecho tienen que ver, de alguna manera u otra, con las huellas de abandono de los padres: no es necesariamente lo principal en todos mis proyectos, pero sí pareciera hacerse presente con frecuencia. Entonces, cuando entendí que en esta película sí iba a ser un eje fundamental en la historia, fue que surgieron mis deseos tan grandes de contarla.

Daniel Ureña – ¿Qué querías revelar o qué querías cuestionar con respecto a estas relaciones de masculinidad con tu película?
David Pablos – Es una pregunta muy amplia. Quizás yo quería hablar de la masculinidad o burlarme de ella y de todos estos constructos sociales que se crean a su alrededor, como lo que se supone que debe ser un hombre o cómo debe actuar, aunque eso termine siendo una prisión y una imposibilidad para la comunicación y para que se generen relaciones afectivas sanas. También quise mostrar todos los dobles discursos levantados en torno a la masculinidad y cómo, hablando ya concretamente del personaje de Muñeco, su manera de mostrarse ante el mundo podrá ser una, pero su manera de ser en lo íntimo es otra. Quería mostrar todas esas contradicciones y esas complejidades en relación con el contexto tan masculino donde se mueven los personajes, y me parecía que había mucho que contar sobre este tema sin hacerlo de una forma que fuera pesada, y también se prestaba para que hubiera mucho humor en esta película. Específicamente sobre esto último, ha sido muy lindo a la hora de proyectar todos estos contextos distintos el notar que la exposición de muchas situaciones relacionadas con ellos trae consigo un humor casi involuntario, volviendo todo un poco más liviano. Yo quería hablar del mundo trailero, pero sin concentrarme en la vida cotidiana y ya, sino que quise explorar cómo las posibilidades sexoafectivas entre hombres siguen sancionadas al día de hoy. Me parece interesante cómo, por ejemplo, el personaje del Muñeco cuenta en algún punto: “Yo no soy gay, pero me puedo acostar con hombres si soy la parte activa. No soy gay porque el gay solamente es el penetrado”. Hay toda una serie de ideas que se construyen en torno a la sexualidad que me parece muy interesante desenmascarar y discutir, porque son, en el fondo, una cantidad gigantesca de constructos sociales que aprisionan.
Daniel Ureña – Veneno y Muñeco viven entre la violencia y la intimidad entendida bajo sus propios contextos, pero ¿cómo construiste esta relación tan vulnerable entre estos dos personajes dentro de un contexto tradicionalista, lleno de hipermasculinidad?
David Pablos – La base de la película es la relación de estos dos personajes, entonces yo sabía que era importante afianzarla desde el guion y, obviamente, también a la hora de filmarla y crear la relación con los actores. Tenía definidos una serie de puntos que yo quería tocar, como la manera en que ellos se terminan vulnerando porque, al final, la conexión que ellos desarrollan nace a partir de sus carencias. Es decir, son dos personajes heridos que, de alguna manera, tocan las heridas del otro y eso les da la confianza necesaria para vulnerarse, creando una relación profunda que no solo queda definida por lo sexual. Aquí el objetivo, desde que empecé a escribir el guion, fue lograr que estos dos personajes conectaran de verdad y que esta interacción cambiara sus destinos para bien y para mal.

Daniel Ureña -Hablando de este trabajo de dirección con los actores, ¿cómo lograste esta sensación tan real que se siente casi documental? Sobre todo porque no se ve actuado particularmente, sino que parece que los tomaste in fraganti y los pusiste a cuadro para contar su historia.
David Pablos – Eso es lo más bonito que me han dicho y agradezco mucho tus palabras, sobre todo porque en gran medida la idea de trabajar con actores naturales o gente sin experiencia profesional en la actuación viene a partir del tono que yo quiero impregnar en la película. Yo quería que hubiera un cierto naturalismo, que hubiera esta sensación de que estás entrando a un mundo que existe y tiene sus propias reglas, entonces el tono naturalista lo empecé a construir desde que comencé a buscar actores en ciertos contextos y ciertas colonias de Ciudad Juárez. Gracias a eso, pude ubicar el tipo de caras que yo había descubierto cuando tuve oportunidad de ir a las cachimbas y los paraderos de tráileres. Digamos que el objetivo del casting fue recrear todo eso que yo fui percibiendo y visualizaba para estos personajes y para retratar esas energías que a mí me enamoraron. Fue un proceso largo, de unos 6 o 7 meses aproximadamente, y yo creo que el secreto está en castear a la gente adecuada y que no nada más está dispuesta a participar en un proyecto, sino que también tiene una experiencia de vida que se puede leer en sus rostros. A mí me gusta decir que, cuando casteo, traigo rostros a la pantalla que cuentan una historia en sí mismos sin necesidad de hablar. Tuvimos que vivir un proceso importante con todos ellos para que tuvieran esta soltura frente a la cámara, porque es muy distinto ser, por ejemplo, desinhibidos y que la cámara no les imponga, pero ya una vez que incluyes diálogos e historias ficticias, es un tema por completo distinto. Se trabajó mucho con el equipo para que el trabajo en el set fuera mucho más fácil, y quien tuvo que hacer el trabajo más importante de acomodarse al resto del reparto fue Osvaldo Sánchez, quien personifica a Muñeco, porque él era el único actor. Su tarea más grande fue la de convivir con toda esta gente que constituía al elenco y entender cómo iba a aproximarse a ellos, cuál iba a ser el tono de su actuación y demás. Fue muy interesante porque, aunque él hizo un muy buen casting, a la hora de que le compartimos las audiciones de sus compañeros y vio que algunos de ellos hacían improvisaciones o escenas dramáticas en automático, él de inmediato solo me decía: “Se nota que yo estoy actuando y me tengo que quitar muchas de las ideas que tengo y de los recursos que he utilizado en teatro o en otros medios. Tengo que desnudarme para entonar con ellos”.

Daniel Ureña – ¿Sientes que esta película deja un mensaje a la sociedad o más bien le deja cuestionamientos?
David Pablos – Yo creo que, ante todo, deja cuestionamientos. Transmitir mensajes me cuesta trabajo, la verdad, porque yo siempre asocio esta idea de “compartir un mensaje” con algo didáctico o algo discursivo y yo odio lo discursivo: cuando una película empieza a volverse un discurso, sea político, moral o de cualquier índole, ahí me pierde. Lo importante, a mi parecer, es hablar mediante los personajes y su emocionalidad, pero también a través de la historia misma para construir un tejido a lo largo de toda la película, lo que permitirá que todo este aspecto de las opiniones o los discursos suceda de una manera más velada. Es decir, no necesito decir las cosas de manera literal ni necesito poner el mensaje, si queremos verlo así, en la boca de los personajes, sino que se necesita construir cada parte de la ficción y transitarla: en ese transitar, yo siempre encuentro que hay muchos cuestionamientos y muchas cosas que interpelan a los espectadores, además de que a partir de eso pueden crearse las pautas necesarias para que cualquiera siga reflexionando sobre lo que acaba de ver después de haber terminado tu película.

Daniel Ureña – Es una película sin concesiones, muy directa. ¿Tuviste miedo o reserva de hacer algo tan frontal?
David Pablos – No me dio miedo. Tenía claro que así es como tenía que ser y así es como yo quería contar la historia y la película. Diría que fui muy contundente con mi producción y le dije a mis productores cómo buscaba hacer la película, como también le dije a todo el equipo desde el principio qué estábamos haciendo, sobre todo porque la película iba a hablar del sexo de una manera bien particular que era necesaria para la ficción y la historia que estábamos creando. Les dije que no podíamos hacer ciertas escenas de manera velada o con timidez, sino que debíamos ser contundentes y mostrar el deseo tal como se expresa en estos espacios en la vida real.

Daniel Ureña -Ya para acercarnos al final de la entrevista, si tuvieras que describir En el camino en una sola frase, ¿cuál sería?
David Pablos – Dos personas heridas emocionalmente que conectan en la carretera.
Lejos de ofrecer certezas, En el camino se instala en la incomodidad y en la reflexión que persiste mucho después de que termina la proyección. Para David Pablos, el cine no es un vehículo de respuestas, sino un detonador de preguntas que nacen desde lo emocional y lo íntimo. Así, su película se convierte en un espejo fragmentado donde la masculinidad se revela contradictoria, frágil y profundamente humana. Una obra que, como él mismo la define, sigue su curso más allá de la pantalla y continúa en la mirada del espectador que se atreve a cuestionar lo que siempre ha dado por hecho.