Natalia Lane no es una sola, son muchas. Activista, defensora de derechos humanos y sobreviviente, su nombre se ha convertido en un estandarte de resistencia en la Ciudad de México. Tras enfrentar un intento de feminicidio en 2022, Natalia no solo inició una batalla por su propia vida, sino una cruzada jurídica y cultural que busca quebrar las estructuras de un sistema diseñado para el olvido. En esta conversación frontal con Martín Chukunu, Lane reflexiona sobre la rabia como motor político, la urgencia de una justicia que restaure en lugar de solo castigar y los matices de una lucha que habita las calles y los tribunales.
Presentamos la primera parte de esta poderosa entrevista. Una radiografía necesaria sobre la identidad, la impunidad y la esperanza combativa.
Foto: iEve González | Look: Marcia Donato | Muah: Isa Zamano | Producción: Roger SH
Martín Chukunu – Bueno, pues antes que nada, la primera pregunta sería: ¿quién es Natalia Lane?
Natalia Lane – ¡Uy! ¿Quién es Natalia Lane? Creo que… mmm… no tendría una respuesta específica. Creo que hay muchas Natalias dentro de Natalia. Por ahí dicen que somos muchas personas de forma simultánea en la vida, pero en estos momentos quizás soy una mujer que busca justicia en un sistema que le ha fallado. Un sistema donde hay injusticias y violencia institucional, pero donde también hay posibilidades. Y esas posibilidades las hacemos todos los días las defensoras, las activistas y las mujeres que luchamos en este país.

Martín Chukunu – Para quien posiblemente no conozca todo tu caso, ¿qué puedes contarnos al respecto?
Natalia Lane – Bueno, yo soy una mujer transexual que vive y transita aquí en la Ciudad de México. En enero del 2022 sobrevivo a un intento de feminicidio y, a pesar de que yo llevaba ya varios años en la defensa de los derechos humanos, creo que ese momento específico marcó un antes y un después en mi vida. No solo a nivel emocional, con los estragos que dejó física y psicológicamente, sino también en mi lucha y en cómo veo —y cómo quiero ver— los sueños materializados de las mujeres trans y de las putas en este país.
Mi caso es importante para el acceso a la justicia en esta ciudad porque es la primera vez que se logra llegar a juicio oral y, de ser favorable la sentencia, se lograría un proceso de reparación para una mujer trans trabajadora sexual aquí en la Ciudad de México. Nunca antes el agresor de una mujer trans había logrado ser capturado y condenado. Entonces, mi lucha tiene que ver, por un lado, con dar esa batalla judicial para que los jueces, las fiscalías y los ministerios públicos hagan su chamba; y por otro lado, con lo que yo creo que sería la batalla cultural, que quizás es la más complicada: quitar todos los estigmas que hay sobre las mujeres trans y sobre las trabajadoras sexuales.
Yo siempre digo que soy como una “apestada entre las apestadas”, porque por un lado tenemos feminismos que niegan la identidad de las mujeres trans y, por otro, tenemos feminismos que están en contra de los derechos de las trabajadoras sexuales y de que se reconozca nuestro trabajo como tal. Entonces, de alguna manera me siento como la que no cabe en ningún lado, y creo que eso, lejos de darme para abajo, me motiva a seguir luchando.
Siempre he creído que las batallas culturales son las más difíciles y la mejor forma de hacerles frente es a través del arte, con el trabajo en el territorio y pudiendo expresar nuestros “sentipensares” —esa mezcla con los sentimientos—, porque no solamente somos raciocinio ni palabras; también somos emociones y contradicciones propias. De alguna manera, es librar dos batallas en una sola, tratando sobre todo de que allá afuera, en tiempos tan convulsos y de tanta incertidumbre, las personas trans y las trabajadoras sexuales tengamos un poquito de justicia; como dicen por ahí: “una de cal por las que van de arena”.
Martín Chukunu – Claro. Tu caso ha llegado finalmente a la etapa de juicio oral, pero pasaron cuatro años de espera. Este caso podría sentar un precedente histórico en América Latina para las mujeres trans sobrevivientes. ¿Qué significa esto y por qué es importante exigir una sentencia que implique una reparación integral: física, emocional y patrimonial?
Natalia Lane – Claro. Bueno, yo creo que es importante porque da un mensaje muy poderoso sobre la vida de las personas trans. Durante los últimos veinte años que he tenido la oportunidad de transicionar, no recuerdo una sola vez en la que, dentro del activismo, no hayamos hablado sobre las muertes violentas de mujeres trans. Poder abandonar esa necropolítica de lo trans y abrazar otras formas de existir y de reivindicar nuestra vida es importantísimo.
Envía un mensaje valioso de no impunidad hacia nuestros agresores en un país como México, que se coloca en el segundo lugar a nivel mundial con mayor cantidad de crímenes hacia personas LGBT. Por otro lado, pienso también en el concepto de justicia restaurativa. En estos momentos, parece que el concepto que tenemos de justicia —no solo para las personas LGBT, sino para las mujeres, las personas indígenas o con discapacidad— está muy enfocado en la idea del castigo. Y creo que lo peligroso de eso es que el castigo no sana, el castigo no restaura. No puedes restaurar algo que está roto rompiéndolo más.
Por eso me parece que hablar de una reparación integral del daño no es solo hablar de dinero; es hablar de garantías de no repetición. Que el Estado —este Estado violento, victimizante, omiso y tardío— no vuelva a hacer lo mismo que hicieron conmigo hace cuatro años. Como bien señalas, llevo cuatro años buscando una sentencia y una reparación, y yo creo que ninguna mujer debería tener que esperar tanto para que le alcance la justicia. Pienso en la justicia restaurativa como una justicia transformadora que acompañe, cuide y, sobre todo, prevenga.

Martín Chukunu – Hubo un momento crítico en este juicio donde se intentó cambiar la medida cautelar del agresor a prisión domiciliaria. ¿Qué mensaje crees que envió en ese momento el Poder Judicial a las sobrevivientes al priorizar los derechos procesales del victimario sobre la seguridad de la víctima?
Natalia Lane – La protesta que hice en el Poder Judicial hace un año es un síntoma de todo lo que está mal dentro del sistema de justicia. Poco después de esa protesta se propuso una reforma al Poder Judicial que pusiera en el centro las voces de las víctimas, pero muchas hemos tenido que enfrentar un sistema victimizante sin soltar nuestros casos.
Entiendo a aquellas mujeres que deciden dejarlo, porque cuando yo hice la protesta y rompí los vidrios, siempre dije que ese día no solo se rompieron cristales; algo se rompió en mí: la confianza en el Estado y la certidumbre de que podía haber justicia en mi propio país. La sociedad critica las formas en las que nos manifestamos, particularmente a las feministas, pero no se dan cuenta del impacto de la violencia institucional que nos termina orillando a utilizar el último recurso disponible. Como decía hace poco en un círculo de reflexión: una travesti, una puta, un maricón o una mujer no se levanta de la noche a la mañana “emputecida” y rabiosa decidida a romperlo todo; es el cúmulo de violencias y de esperas que nunca llegan.
Para mí fue un momento de ruptura incluso en mi propio activismo. Yo venía de un activismo “de las buenas formas”, de la ONU y la Corte Interamericana; organismos que a veces parecen muy “buena onda”, pero si le rascas y analizas a profundidad, te das cuenta de que solo es un performance de lo que hoy se adopta como inclusión. Hay una simulación de la justicia.
Lo que hice en enero de 2025 al romper las puertas del Poder Judicial era una manera de decir: “Si nosotras no tenemos paz, ustedes tampoco la van a tener”. A partir de ahí me convertí en un perro rottweiler que no suelta. Si hoy hemos llegado a esta etapa es porque me convertí en una perra guardián, una “perra en brama”, y no solté el caso. Recuerdo que dije: “Yo responsabilizo a la jueza federal si el día de mañana soy asesinada. La sangre de esta travesti va a caer sobre las manos del Poder Judicial”. Eso nos habla de la potencia de la protesta social como la única voz para la gente más empobrecida que jamás ha conocido la justicia.

Martín Chukunu – Tras la aprobación de la Ley Paola Buenrostro, ¿qué hace falta por parte del Estado mexicano para garantizar que casos como el tuyo sí lleguen a juicio?
Natalia Lane – Voy a soltar una verdad: tengo un sabor agridulce con la Ley Paola Buenrostro. Primero, porque soy coautora de esa ley. En 2024, el diputado Temístocles Villanueva me invitó a revisar el documento que se había trabajado con mi compañera Kenia Cuevas. Yo aporté mucho desde el análisis de contexto y del trabajo sexual, porque la mayoría de las muertes violentas LGBT ocurren a mujeres trans en contextos de trabajo sexual callejero, migración y racialización.
Sin embargo, tengo un conflicto interno. Aunque ayudé a que se aprobara, la Suprema Corte ya había señalado que las mujeres trans somos mujeres. Mi caso está judicializado como feminicidio en grado de tentativa, no como transfeminicidio. Ya existían los elementos para investigar con perspectiva de género. Lo potente de mi caso es que no se necesita un tipo penal específico porque partimos de la base de que somos mujeres.
Si condicionamos la justicia a tipos penales y castigos, olvidamos la prevención y las condiciones mínimas que necesitamos para vivir: vivienda y trabajo. Y no solo una visión “blanqueada” de las profesiones, porque no todas quieren ser abogadas o ingenieras. Debemos garantizar derechos laborales y seguridad para las travestis que eligen el trabajo sexual. La tipificación es solo una pequeña huella; lo complejo es la salud, la vivienda y el acceso a la cultura para los sectores históricamente segregados.
Martín Chukunu – Sí, contemplar todas las intersecciones de las personas.
Natalia Lane – Totalmente. Me preocupa que la respuesta sea siempre castigar y meter a la cárcel. La cárcel jamás ha sido la respuesta; la cárcel está llena de gente pobre y racializada, no tiene impacto en las élites ni en la gente que realmente detenta el poder. Me preocupa que nos vayamos solo hacia la justicia que sentencia y no hacia la justicia que restaura, cura, previene y garantiza la no repetición.
